Reflexiones sobre Paternidad e Institución

Ilustración de William Blake, correspondiente a “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri.

Nos hemos acostumbrado a pensar en la figura paterna como algo que viene a representar un fortalecimiento para una persona en formación, y que podría constituir un aporte positivo cuando el ejemplo es el adecuado. Sin embargo, institucional y culturalmente, nos ha costado inmensamente aceptar la figura del padre como fuente de cariño, tan necesario como lo son también las formas de afecto femenino.

Es así que, en el continuo y hoy más confuso debate sobre las garantías sociales de cada género —discusión sin sentido en sí misma—, hemos atribuido erróneamente a hombres y mujeres ciertas potenciales culpas por defecto, de las cuales solo nos podemos desprender judicialmente cuando tenemos, a través de nuestra capacidad económica, la instancia de dar una condición de futilidad al conflicto en el que nos encontramos, pareciendo ser así que aquella figura que sopesa nuestras acciones, actuando con una perversidad implícita muy bien mimetizada con la moral, consiente que las más profundas concepciones de un pueblo pueden, en un acto casi sublime, ser dejadas de lado cuando una persona posee el poder económico o las influencias políticas necesarias para que esto ocurra. De no ser así, la condición a la que se somete a las personas es la de estar pagando una cuota moral, arraigada en la culpa y en los miedos propios de su época.

La Ley 20.680, promulgada en 2013 durante el gobierno de Sebastián Piñera, también conocida como ley “Amor de Papá” —impulsada por la organización del mismo nombre, entre otras—, introdujo modificaciones en el Código Civil, de manera tal que el padre estuviese en una posición de equidad en cuanto a los derechos sobre sus hijos, aun viviendo separado de la madre, cosa que antes existía solo en la permanencia de la convivencia de ambos padres. Si bien esto representó un avance importante en los derechos tanto de los niños como de sus padres, estuvo, lamentablemente, lejos de zanjar el problema cultural del que padecemos y que se manifiesta desde la misma autonomía del Poder Judicial.

Es que, tal como indicamos al comienzo de este artículo, la observancia de la justa aplicación de las leyes, la consideración en cada particular caso de las variables que lo definen, se ve nublada por una inclinación a despreciar todo argumento que provenga del padre, hasta el punto de dar por cierto hechos que jamás han ocurrido y sin tomar en consideración los mismos reales antecedentes. Es así como lo hemos experimentado una ingente cantidad de padres, quienes hemos sido víctimas de una absoluta arbitrariedad ante cualquier demanda respectiva a nuestro círculo familiar que se nos ha interpuesto.

Siendo así, comprendiendo los diferentes casos de violencia intrafamiliar, o negligencias comprobadas que existen de hecho en nuestro país, exigimos y esperamos mayor seriedad de los tribunales de justicia, por el bien de los verdaderamente afectados por uno o más de estos incidentes. Ya que lo que no puede estar sucediendo en Chile es que, francamente, cualquier hombre, en su calidad de padre, solo por su misma naturaleza, pase a convertirse en objeto de cualquier venganza personal, siendo lo más triste de esto cuando en aquella venganza se implica la pérdida de la posibilidad de ver a tus hijos.

Por otra parte, no limitamos el conflicto de la falta de poder de los padres frente a sus hijos a casos de rupturas afectivas, a la llamada lucha de géneros actual, la cual con más o menos acierto se considera un punto de inflexión histórica respecto de nuestras interacciones afectivas —para qué tanto bien o para qué tanto mal, la perspectiva del tiempo lo dirá—. El punto es que, siendo francos, el primero de los conflictos posee una data mayor a la actual radicalización tanto de los movimientos feministas como del resurgimiento de grupos con perfiles misóginos. Pero esta polarización, que no conlleva solo ideas destructivas, ha inevitablemente afectado en que, a pesar de haberse conseguido importantes avances respaldados por las leyes respecto al valoramiento de la afectividad masculina en la formación de los niños, se retroceda debido a que la interpretación de las mismas leyes —si es que podemos llamarlo así cuando no se consideran siquiera los antecedentes de una investigación— se realice desde la misma preconcepción de géneros antes mencionada, la cual como también comprendemos afecta a mujeres en otras instancias, por ejemplo, en la culpa por la expresión de su atractivo sexual en casos donde se intenta relativizar el actuar del victimario en hechos de violación. De cualquier manera, en todos estos casos, se esperaría del aparato judicial una actitud más activa, consciente y ejemplificadora, para no convertirse en un mero espejo de todos los vicios sociales, en la medida que el concepto de parcialidad no sirva de disfraz para la desidia.

poi5eb3gd Author

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *