Del Submundo a la Luz: Parte I – recuerdos oscuros de una Lucha más clara.


Por Octavio Amaya

Ilustración de Gustave Doré.

A lo largo de la vida, cada uno de nosotros, creo, ha aprendido, sea por algún consejo que tuvimos la voluntad de escuchar, o  por las mismas murallas con las que te hace chocar la realidad, que ante la discrepancia de opiniones y de perspectivas, por más visceral que se torne un conflicto, lo más sensato es aceptar ante nosotros mismos que existe una perspectiva distinta de aquello que hasta consideramos esencial o inamovible.

Eso, es algo propio de madurar. Ir abandonando progresivamente la estructura del tribalismo, propia de la adolescencia y la primera juventud,  para asimilar un contrato social desde el que podemos seguir manteniendo desde luego una trinchera crítica. La de este articulista, en lo personal y desde hace mucho,  ha solido ser la de las libertades personales, las cuales en la actualidad parecen muy difíciles de asir. Pero, mientras más brumoso se vuelve algo, más merece la pena entrar en ello.

Producto de una vida familiar muy compleja, viví el inicio de este milenio siendo un absoluto outsider,  por lo que mi vida académica comenzaría años después, cuando volví a tener un techo y comida. Pasé años descendiendo  cada vez más la escala de lo que muchos refieren como sectores sociales, como también viviendo el escarnio de los que ven una oportunidad de imponer su superioridad al ver que tampoco te has compenetrado por completo en el lugar al que ahora perteneces, así que tu identidad podría ser fácilmente destruida, en ausencia de una narrativa.

Así trabajé desde cartonero, repartidor de volantes, hasta junior administrativo y un largo etcétera incluyendo algunas cosas que no quisieras poner en tu currículum. Y cuando mis habilidades simplemente ya no fueron suficientes, no tuve otra opción que dedicarme a pernoctar en los parques y tener raviolis crudos como única alternativa de alimento. En esa situación, es cuando dejan de considerarte un lolo esforzado y llegas al nivel de lo que en cierto elaborado tono se etiqueta como submundo.

Allá abajo éramos todos iguales  – Vagabundos, prostitutas, travestis, almas que nunca habían tenido una defensa de nadie, o las que habíamos tenido que aprendido a enfrentar la miseria constantemente, conteniendo la necesidad de gritar ayuda, porque es evidente que nadie escucha. Claro que no existía un cariño auténtico, como el que tienes a un ser querido que ha desaparecido de tu vida, pero llegaba a forjarse a momentos una cohesión, una alianza circunstancial de unión bastante más creíble que muchas alianzas políticas actuales de gran envergadura, debido al objetivo franco subyacente: proteger a ese pequeño mundo existente, ese al que habíamos sido arrinconados, sin más vestimentas que las que llevábamos puestas y ciertamente sin espacios de intimidad donde planear nada.

Y es que cuando te despojan de los diferentes estratos que te constituyen como un ciudadano con sus respectivas guerras, te quedas frente al prójimo sin más alternativa que aprender a escuchar como nunca antes lo habías hecho en tu vida. – ¿Entonces, te consideras una mujer? – Fue lo más verdadero que me salió del estómago.  – Sí, me dijo él, soy una mujer. Y no tengo más alternativa que prostituirme para ser yo misma. En qué otro trabajo me aceptarían así. ¿Algún problema? – me increpó. No, ninguno, contesté.

¿Qué más podía decirle?, al manos nada de lo que hoy sería una respuesta desde la nueva o vieja Ciencia, Iglesia o Psiquiatría, o propio de una sociedad atrasada o moderna. Nada podía contestarle porque en aquel mundo -o submundo-, no existía la presencia de ninguna otra doctrina o disciplina más que, el acá estamos todos en las mismas – y – un poco de comida se acepta de donde venga.


El brumoso presente

Ese y otros intempestivos diálogos, nacidos desde los violentos espejos de la percepción propia,  me hacen preguntarme hoy, cuántas de nuestras luchas sociales las estamos concibiendo pensando en un mismo mundo, o es que acaso sabemos secreta o no tan secretamente, que junto al sufrimiento siempre habrá alguien que venga a darte de patadas cuando estés en el suelo, para dejarte en tu lugar.  Pues si un hombre que siente que es una mujer en el mundo de hoy, tiene la posibilidad de encontrar un empleo digno y desarrollarse profesionalmente. Para mí está bien, lo celebro. Y no expreso un sentimiento de rechazo porque simplemente no lo tengo -no lo estoy conteniendo ni me estoy esforzando en ser tolerante-, como tampoco tengo la necesidad de unirme a una lucha, como la de la ideología de género, que en vez de acudir a las causas de las múltiples historias de una persona, que merecen ser escuchadas, investigadas y entendidas a consciencia, explota en forma autómata las consecuencias en una dirección que dista mucho del bien común.

Desde ese pequeño umbral hacia el infierno, que sé es mucho menos de lo que varios han tenido que enfrentar y en la actualidad continúan sufriendo, reflexiono sobre esta sociedad que tiene la capacidad de deshacerse de nosotros de un momento a otro y la que paradójicamente, construye un nervio esencial de su contrato social en el código de sus calabozos.










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